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Del Control a la Confianza: El nuevo contrato psicológico con el talento

En un mundo donde el cambio ya no es la excepción sino la norma, las organizaciones se enfrentan a un reto que, curiosamente, no es tecnológico, ni financiero, ni siquiera estratégico. Es profundamente humano. Hemos pasado de un entorno donde el control el mejor método para asegurar la eficiencia y mejor desempeño de una organización a uno donde la confianza se convierte en el verdadero motor del éxito.

Marta Carballal, Profesora de Human Resources Management en ESCP y CEO y Fundadora de The Talent Choice explicó que durante años, las empresas se estructuraron en torno a procesos, métricas y supervisión. Y no era necesariamente una mala idea: en contextos más estables, funcionaba. Pero hoy, en un entorno de incertidumbre constante, pretender gestionar el talento como si fuera una cadena de montaje es, siendo amables, un ejercicio de nostalgia empresarial. Porque lo que ahora se necesita no se puede imponer, forzar ni medir fácilmente: creatividad, compromiso, iniciativa, adaptación constante, entusiasmo, pensamiento crítico. Y aquí aparece una idea clave, casi incómoda: el talento que realmente marca la diferencia es el más discrecional. Es decir, cada persona decide -cada
día- cuánto de su inteligencia, energía o entusiasmo pone al servicio de la organización. Y no, esto no se puede comprar con un bonus ni garantizar con un Excel perfectamente diseñado.

Tenemos que admitir que no se puede obligar a una flor a florecer… aunque algunos managers todavía lo intenten con notable insistencia.
Este cambio de paradigma obliga también a replantear qué entendemos por liderazgo. Durante mucho tiempo, se ha valorado al líder que controla, que sabe, al eficiente, al que decide. El líder “héroe”. Sin embargo, hoy emerge una figura mucho más interesante: el líder “antihéroe”. Alguien que no pretende tener todas las respuestas, pero sí hace las preguntas adecuadas y que sabe escuchar y oir. Que no busca brillar individualmente, sino generar espacios donde otros puedan hacerlo. Y esto no es un giro romántico, sino estratégico. Porque si las capacidades clave hoy son las llamadas “soft skills” -empatía, adaptabilidad, comunicación, colaboración, pensamiento lateral, mentalidad de crecimiento- entonces el liderazgo ya no puede basarse en la autoridad, sino en la influencia. En crear entornos donde las 
personas se sientan seguras, valoradas, entendidas, y, sobre todo, escuchadas. Algo que, dicho así, parece obvio… pero cuya práctica diaria sigue siendo sorprendentemente escasa.

Además, hay un fenómeno que actúa como termómetro de esta realidad: el llamado “quiet quitting”. No se trata de personas que abandonan la empresa, sino de personas que, en cierto modo, abandonan emocionalmente su trabajo. Cumplen, pero no contribuyen. Están, pero no están. Y esto, más que un problema de actitud individual, suele ser una corriente subterránea peligrosa que no deberíamos querer ignorar. Por eso, el verdadero reto de las organizaciones no es solo atraer talento, sino crear las condiciones para que ese talento quiera quedarse y dar lo mejor de sí. Y aquí es donde el liderazgo se convierte en una elección diaria de cada uno de nosotros, de cara a nuestros equipos y a nuestros compañeros. Donde actuar con grandes pequeños gestos: escuchar sin juzgar, dar feedback honesto, reconocer el esfuerzo, hablar con claridad, intervenir con generosidad. En definitiva, hemos pasado del control a la confianza. Y aunque el control es más cómodo -porque da una ilusión de seguridad- la confianza es mucho más poderosa. Más incómoda, sí. Más exigente, también. Pero infinitamente más efectiva en el mundo de permanente crisis en el que vivimos.

Porque al final, las mejores organizaciones no son solo las que tiene buen talento… sino las que saben hacerlo florecer.

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